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Boletín Salem

Todo contra mí
«Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos». Lucas 22:31-32

Hay momentos en los que siento una profunda tristeza cuando veo o escucho cómo un hermano atraviesa un valle de lágrimas. En un primer impulso, no puedo evitar preguntarle al Señor por qué ha permitido que tal o cual desenlace catastrófico se haya producido. Quizá algo así sintió Jacob cuando le dijeron sus propios hijos que José había muerto, o también que Simeón se quedó retenido en Egipto porque era necesario llevar a Benjamín para liberar a su hermano. Jacob resumió su ánimo en escasas pero pesadas palabras: “contra mi son todas estas cosas”. ¿Dónde estaba el Dios de la promesa? ¿Acaso solo una fuerte cojera era lo que había quedado del famoso encuentro con el Ángel del Señor?

¡Cuán maravilloso hubiera sido que Jeremías viajara en el tiempo hasta aquel preciso momento y le dijera a Jacob lo que más adelante le confirmó a Israel de parte de Dios!: «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis» (Jeremías 29:11).

¿Le hubiera creído Jacob en medio de tanto sufrimiento? El dolor paraliza nuestra fe hasta el punto de llevarnos a la incredulidad y a la desesperación. Jesús, que padeció todo lo que él ser humano puede sufrir, ya le advirtió a Pedro: «Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22:31-32).

Zarandeados como a trigo. ¡Qué frágil es el tallo del trigo! ¡Con qué facilidad se puede arrancar de raíz o partir! ¡Pero cuánta fuerza tiene su grano!: «De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24).

Y es que suele ser ahí, cuando somos zarandeados, o cuando se nos arranca de lo que más amamos, cuando nuestro granito queda solo, y cae, y muere mientras el Sembrador lo pisa, lo entierra y lo riega rogando que no le falte fe, que lleve mucho fruto mientras muere. «Por causa de ti somos muertos todo el tiempo», exhortaba a los creyentes un Pablo pisoteado: ¿quién contra nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Dios? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? ¿Quién es el que condenará?

Si Dios envió a su Hijo, si él entregó su vida y murió y resucitó, si el Espíritu Santo intercede con gemidos indecibles mientras Jesús lo hace en los lugares celestiales, si él me justifica con un amor indestructible e incondicional que no depende de mi, podré sufrir, y hasta morir, temporalmente, porque nada me podrá separar del fruto de la victoria que es en Cristo Jesús. ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?

Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

¿Todo contra mi? Puede ser. Todo, excepto lo más importante: Él, Jesús, el Mesías, el Cristo; Él, el Espíritu Santo consolador; Él, nuestro misericordioso Padre eterno. Maranata.

fransanchezg.wordpress.com


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