Boletín Salem

Alabando entre espinos y cardos
«A la mujer dijo: multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.
Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» Génesis 3:16, 18-19.
Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él» Génesis 4:3-7.


Adán y Eva tuvieron que aprender a obedecer y a alabar a Dios en medio de una naturaleza hostil contaminada por el pecado.

Desde que Adán y Eva pecaron, tuvieron que aprender a criar a sus hijos en medio de un mundo hostil. La mujer daría a luz con gran dolor. La naturaleza regalaría espinas y cardos. La mala hierba se multiplicaría con la misma facilidad que la maldad. El egoísmo trajo consigo destrucción y competitividad. La envidia y los celos serían ingredientes más que comunes entre los miembros de una misma familia. Así fue entre los primeros hermanos, Caín y Abel.

Al igual que nosotros, Adán y Eva crecieron y envejecieron inmersos en una lucha constante contra las consecuencias físicas y espirituales del pecado. Cada día tendrían que arrancar de sus propios corazones esas malas hierbas que, aún sacándolas de raíz, volverían a aparecer. El mal estaba en ellos, no lo podían disimular y, desgraciadamente, lo pasarían a la siguiente generación. Pero aún en medio de un panorama tan desolador, no se desanimaron porque Dios había tenido misericordia de ellos y lejos de destruirles para siempre, utilizaría su simiente como parte del plan de salvación.

¿De qué manera les transmitirían estos primeros padres esperanza a sus hijos? ¿Les hablarían de la gran bondad de Dios en el paraíso? ¿Les detallarían lo perfecta que era toda la creación? ¿Cómo reinaba la paz entre todas las criaturas? ¿Cómo nunca antes de la caída había sido necesario derramar una gota de sangre? El clima, la vegetación, el reino animal, y aún ellos, convivían en armonía. Ahora diríamos, el ecosistema era perfectamente sostenible porque había un 0% de sustancia pecaminosa. Imagino a Abel deleitándose mientras escuchaba hablar a sus padres sobre el Creador; mientras, Caín jugaba despistado buscando qué alimaña podría atrapar. O también pienso en Abel entonando una sencilla melodía mientras cuidaba del rebaño e imaginaba cómo un Dios todopoderoso lo había pensado todo al detalle; mientras Caín recurría y se trababa en sus propios pensamientos volviendo una y otra vez al hecho de la trágica decisión que tomaron sus progenitores.

Nosotros, al igual que ellos, vivimos en un mundo hostil. Siembra un huerto y observa cómo crece la mala hierba que no has plantado. Obsérvate a ti mismo, cuántas veces te has arrepentido de obrar mal y has vuelto a caer. Nuestro cuerpo comienza a morir desde el minuto uno en que nacemos. Llevamos la señal del pecado desde que llegamos al mundo. Difundimos fácilmente un comentario pesimista o negativo antes que uno que edifique y bendiga.

Sin embargo, alabado sea el Señor que no permitió que todo se quedara en nuestro primer padre Adán sino que proveyó para nosotros un postrer Adán en el cual tenemos esperanza de salvación no solo para nuestros cuerpos, sino también para nuestra alma y nuestro espíritu. Por medio del postrer Adán podemos acudir una y otra vez al trono de la gracia sin importar el número de veces que nos equivoquemos. Por medio del postrer Adán podemos bendecir y no maldecir. Por medio del postrer Adán podemos renunciar a nuestros propios intereses personales en favor de los de los demás. Por medio de este postrer Adán podemos salir conscientemente cada día al campo con Caín y ofrecer lo que somos y lo que tenemos aunque lo vayamos a perder temporalmente. Con este postrer Adán cuanto más renunciamos a nosotros mismos más ganamos, cuanto más perdemos en el mundo más obtenemos en el cielo, cuanto más sacrificamos lo terrenal más recuperamos lo celestial. Por medio de este postrer Adán nada ni nadie podrá arrebatarnos la vida eterna que Dios nos tiene reservada.

Esta naturaleza hostil nunca será más poderosa que su Creador. Ninguna criatura, ni humana ni animal, podrá interferir en el perfecto plan de salvación que Dios ha establecido. Su plan se cumplirá completamente y culminará. Mientras tanto, caminemos cada día, arrancando malas hierbas, apartando los espinos y los cardos del camino mientras meditamos en nuestro corazón sobre la grandeza del Creador.

fransanchezg.wordpress.com


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