Ayuno y Oración

Nos volvemos a ver el sábado 1 de diciembre. A las 10 de la mañana en la sala Madrid. Estáis todos invitados.

Discipulado

11 de noviembre: MARCOS.
18 de noviembre: LUCAS.

Sala Madrid, 10 de la mañana.
Estáis todos invitados. Rogamos puntualidad.

Boletín Salem

Una justicia superior
«Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos». Mateo 5:20

Nuestro corazón late en el interior del cuerpo, aunque no lo podamos ver. Las raíces ocultas de un árbol se extienden en la profundidad de la tierra pedregosa para sujetar, en el exterior, el tronco y las ramas que contemplamos y el fruto que disfrutamos. En un momento en el que no existían ecografías, el salmista manifestó: “mi embrión vieron tus ojos”. No hay nada oculto ante los ojos de Dios. Él ve lo que nosotros no. “No hay pensamiento que se esconda de ti”, afirma Job (42:2). Lo más importante de nuestra vida cristiana no pasa desapercibido ante la mirada de Dios. El observa nuestro espíritu con la misma facilidad con que nosotros contemplamos las palmas de nuestras manos. Si esto es así, si nada pasa desapercibido ante el todopoderoso Creador, deberíamos preguntarnos al menos cuál es nuestra actitud hacia nosotros mismos, hacia el pecado, hacia Dios y hacia el mundo. De esto trata Mateo 5:1-16.
Querido hermano, la Palabra de Dios está llena de tesoros que permanecen ocultos a nuestros ojos naturales. Solo a través de una visión espiritual podremos acceder a los mismos. En el Sermón del Monte, Jesús habla verdades espirituales profundas que son difíciles de digerir por aquellos que se fijan solo en lo externo. żA qué justicia superior se refiere Jesús en el versículo 20? El enseña a su auditorio que los escribas y los fariseos basan su justicia en la conducta, es decir, en lo que los ojos naturales pueden ver. Ellos funcionan en torno a un conjunto de leyes, normas y reglas que cualquiera puede comprobar; pero la enseñanza de Jesús va más allá, el comienza hablando no de la conducta sino del carácter, llama a sus oyentes “dichosos, felices y bienaventurados”. Él apela a un estado de felicidad que no depende de los actos externos, ni de las circunstancias que nos rodean sino de algo más profundo: la verdadera justicia. El Antiguo Testamento termina con la palabra “maldición”, pero Jesús comienza su sermón con bendición. Esta bendición que va más allá de lo que podemos ver y entender a simple vista es la que está reservada para sus hijos.
żQué es para ti la felicidad? Para el mundo la felicidad es salud, dinero y “amor”. En un monte desconocido, Jesús da una lista de lo que entiende por felicidad: él dice que son felices los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores, los que padecen persecución y vituperio por su causa. Todos estos son dichosos, bienaventurados y felices porque participan de una justicia que no es humana sino divina. Esta justicia superior no está basada en lo que hacemos, sino en lo que él hace a través de nosotros. No depende de la familia de la que procedemos, ni del trabajo que tenemos, ni de la posición social, ni de la cantidad de lo que ofrendamos o donamos, ni siquiera del ministerio con el que servimos. Esta justicia superior es la victoria de Cristo hecha realidad en nuestra vida. Ella es todo lo que necesitamos. Gracias a él, somos pobres de espíritu, es decir, no somos autosuficientes sino que dependemos siempre y en todo de él; no tenemos más alto concepto de nosotros mismos del que deberíamos tener. Somos mansos y humildes. Como en la parábola del fariseo y el publicano, clamamos como este último: “Dios, sé propicio a mí, pecador”, porque sabemos que el que se humilla será enaltecido. El mundo oculta su pecado como si Dios no lo pudiera ver. Nosotros confiamos en la justicia de Cristo y su victoria sobre el pecado. La misericordia de Dios es real para los que deseamos esta justicia superior. Ella nos brinda un corazón limpio y puro que busca la paz y soporta la adversidad. Esta justicia divina es superior a la Constitución Española, al Código Civil, o la Carta Universal de los Deberes y Derechos Humanos.
Ningún ser humano puede llegar a esta justicia divina por sus propios méritos, ni a través de sus recursos personales. Es una justicia reservada para aquellos a quienes Jesús llama dichosos, felices y bienaventurados.


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