Discipulado

Volveremos en septiembre con un nuevo ciclo de enseñanzas.

Ayuno y Oración

Nos volvemos a ver el sábado 7 de septiembre. A las 10 de la mañana en la sala Madrid.
Estáis todos invitados.

Membresía

Volvemos el 1 de septiembre con un nuevo ciclo de enseñanzas para adquirir la membresía de nuestra iglesia.

Boletín Salem

Tres lugares imprescindibles
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente». Génesis 2:7
Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza, y lo puso en el Edén, un entorno perfecto donde no pasaría necesidad alguna. Su nombre significa “deleite” o “lugar de mucha agua”. Allí no había enfermedad ni dolor, ni para el hombre ni para los animales. No era necesario cazar para sobrevivir. La poderosa mano de Dios había creado este perfecto hábitat para que Adán, Eva y sus descendientes pudieran relacionarse con él mientras disfrutaban de la vida sin preocupaciones. Pero un día, desde la libertad, el hombre pecó. Prefirió seguir el consejo del Mal antes que el deseo de Dios. Todo lo que tenía a su disposición lo sacrificó para probar algo nuevo, aunque supiera que estaba prohibido. El ser humano, desde el momento en que inició el diálogo con la maldad, comenzó a secarse. Esa fue la primera vez que amordazó su propio espíritu para dejarse llevar por la carne: polvo que proclamaba no necesitar del agua para la supervivencia. La criatura apostó su eternidad por lo efímero y lo superficial, e intercambió una mirada cristalina por otra impura, y su orden, la armonía y la paz por la lógica, la razón y el orgullo. El hombre, tísico, mordió el polvo y su corazón, secándose, se endureció hasta resquebrajarse. El Creador limitó a la criatura y las grietas del terruño se pronunciaron, hablando más de desierto que de vergel.

Dios, en consecuencia, derramó sangre al sacrificar un animal para cubrir con su piel a Adán y a Eva y, además, los expulsó del Edén.

Desde entonces, el ser humano comenzaría un doloroso peregrinaje por el mundo. En el mismo, tendría que preocuparse por obtener alimento y proteger a su descendencia de las criaturas que, ahora salvajes, se alimentaban también con sangre. El ser humano, orgulloso, se convirtió en portador de rencor, envidia y celos. El peligro no solo acechaba desde afuera. Cada individuo expresaba su propia maldad a través de las emociones y los pensamientos, transformándolos en trágicos actos... y Caín mató a Abel.

Getsemaní

«Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra» (S. Lucas 22:44).

Sin embargo, hubo un hombre especial que decidió embarrarse y recorrer el camino estéril que separaba a la criatura del creador. Los cardos y los espinos del camino no pudieron frenar su paso firme; y, sin olvidar el nombre de ninguna persona, recuperó a los sedientos que jamás pensaríamos que volveríamos a ver. Gastó hasta la última gota del líquido que circulaba por su cuerpo para que nadie se quedara sin beber de su agua viva. Muchos reconocieron en él a la divinidad, pues el polvo no puede ofrecer agua viva.

En Getsemaní se entregó completamente al designio divino, aunque eso supusiera acabar de la misma manera que las criaturas, cruzando el umbral de la muerte. Después, aquella decisión consensuada entre tres, la materializó él solo en un sucio trozo de madera que se erigía ardiente bajo un sol abrasador. No se quedó con una sola gotita de sangre ni de agua. Toda la vertió para devolver a las criaturas la posibilidad de sobrevivir a su fragilidad y de cambiar su destino eterno.

La Jerusalén celestial

«Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero» (Apocalipsis 22:1).

Tenemos la esperanza de que no todo acaba aquí en la tierra. Los que hemos aceptado a Jesucristo como salvador y señor de nuestra existencia sabemos que nos espera un lugar perfecto, un río limpio de agua cristalina, resplandeciente como el cristal, en donde no habrá lugar para el dolor, ni el engaño, ni el pecado. El ciclo se cerrará de tal manera que no seremos nunca más barro. Adoptaremos un cuerpo especial, transformado en gloria por toda la eternidad.

Edén, Getsemaní y Jerusalén, la celestial. Tres lugares que hablan de dónde venimos, dónde estuvimos y hacia dónde vamos. Lo que comenzó en el paraíso, no acabó en Getsemaní. El mejor jardín aún no lo hemos disfrutado. Jesús lo está acondicionando allí para nosotros mientras continúa, aquí en la tierra, refrescándonos con su Espíritu Santo.

fransanchezg.wordpress.com


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Todos los domingos, en la calle Cidro, 8 (Madrid), a las 11:30.

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