Ayuno y Oración

Nos volvemos a ver el sábado 1 de febrero, a las 10 de la mañana en la sala Madrid.
Estáis todos invitados.

Discipulado

El domingo 26 de enero iniciaremos una nueva serie de enseñanzas en la sala Madrid a las 10 de la mañana. “Apologética Cristiana. Defendiendo nuestra fe”. Estáis todos invitados.

Boletín Salem

Cuento contigo (3)
Abraham no creció en una congregación cristiana. Tampoco estaba acostumbrado a nuestras costumbres religiosas. Él no tenía culto todos los domingos por la mañana, ni entre semana reunión de oración o estudio bíblico. Sin embargo, podemos aprender mucho de él sobre cómo caminó en fe sin apartarse del propósito de Dios, porque una vez que somos salvos por gracia por medio de la fe, la pregunta es cómo podemos mantener cada día esa fe, o dicho de otra manera, ¿cómo da testimonio nuestra fe de que obedecemos a Dios?

Hasta el mismo Santiago acude a Abraham para hablar de la correspondencia entre la fe, las obras y la obediencia: «¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras? Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios… Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Santiago 2:21-23, 26).

Santiago viene a decir que de poco hubiera servido la fe de Abraham si este no hubiera obedecido a Dios en lo que le pedía. Cuando Dios nos llama, no lo hace simplemente para presentarse y decirnos “que sepas que existo y estoy aquí”. Su plan de salvación eterna afecta a nuestros días vividos aquí. A Adán y a Eva les encomendó crecer, multiplicarse por toda la tierra, también gobernarla. A Noé le ordenó construir un arca de salvación para él, su familia y muchos animales. A Abraham le retó a salir del lugar en donde se encontraba para iniciar un viaje que le llevaría a formar una nueva nación, de la cual vendría el salvador. Seguramente, tu puedes añadir más ejemplos y nombres: Moisés, Josué, David, Ester… la lista es larga y más aún si tenemos en cuenta que no acaba con los que aparecen en la Biblia, porque tu nombre y el mío también deben estar ahí.

Dios tiene un llamado, un plan, o un ministerio para cada uno de sus hijos, sin importar la raza o el color de la piel, la procedencia, la edad, la parentela, el estatus social y económico, o la formación intelectual… Todas estas etiquetas las añadimos nosotros, pero no son significativas para Dios. Él no tuvo problema en que Jesús, su hijo, naciera en la insignificante Belén, ni tampoco en que los padres fueran personas no acomodadas en la sociedad de aquel momento. Sabemos de Juan el Bautista, primo de Jesús, que se crió en el desierto, lejos de toda comodidad, pero muy cerca del llamado de Dios para su vida. ¡Cuántas veces sacrificamos la cercanía del Creador por los pasajeros bienes materiales! Nos desgastamos e invertimos nuestro día a día en asuntos y temas que no trascenderán a la eternidad en pro de una estancia más cómoda en este mundo. Se nos olvida que somos peregrinos, que estamos de paso y que nuestra principal tarea no es hacer de la tierra el cielo sino lo contrario, predicar que existe un cielo porque esta tierra, a causa de la maldad humana, tiene sus días contados. Hay un plan de salvación y Dios cuenta contigo para darlo a conocer.

Tras resucitar, y antes de ascender a los cielos, Jesús se apareció a sus discípulos. En un primer momento les recriminó su incredulidad: «Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado» (Marcos 16:14). Después de tanto tiempo al lado de Jesús, aún eran incrédulos respecto al tema de la resurrección, pues tenían endurecido su corazón. ¿Acaso no puede pasarnos a nosotros lo mismo? Nos jactamos de estar del lado de Jesús, pero somos incrédulos respecto a su segunda venida, no tanto por lo que significan esas palabras como sí por el testimonio que dan nuestras obras. Esto era lo que Santiago recriminaba a la iglesia del momento, algo así como «que vuestras obras den testimonio de la obediencia que profesáis en fe». Abraham creyó una y otra vez, también obedeció saliendo de su tierra, despidiéndose de Ismael, presentando en sacrificio a Isaac, pero también buscándole una esposa adecuada. Fueron tantas las pruebas que superó en fe Abraham, que no en vano es llamado el padre de la fe y amigo de Dios.

Imagino las caras de los discípulos recibiendo la reprimenda de Jesús. Con el maestro delante, las palabras cobraban más vida de lo normal y ahora, posiblemente, no entendían cómo habían podido dudar hasta la incredulidad. Sin embargo, Jesús no se quedó ahí, de alguna manera, mirando a los ojos a cada uno de los presentes, su rostro les transmitía con serenidad que no todo acababa ahí, que todavía él les seguía llamando a cada uno a poner la mano en el arado para no volver la vista atrás. Él seguía afirmando, cómo lo sigue diciendo hoy, cuento contigo para que disfrutes de mi salvación eterna, cuento contigo para que des testimonio de las buenas nuevas, cuento contigo para que sigas hacia adelante aunque no tengas todas las respuestas, cuento contigo hasta que nos volvamos a encontrar.

A menudo nos quedamos en el texto de la gran comisión, pero olvidamos el último versículo del evangelio de Marcos: «Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén» (Marcos 16:20).

¿Existe algo mejor en este mundo? Dios nos sigue llamando y diciendo “cuento contigo”. Sus discípulos escuchan su voz, la reconocen y la obedecen en fe con la ayuda del Señor.

fransanchezg.wordpress.com

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