Ayuno y Oración

Nos volvemos a ver el sábado 7 de diciembre. A las 10 de la mañana en la sala Madrid.
Estáis todos invitados.

Discipulado

En noviembre nuestra clases serán los días 3, 10 y 24. Sala Madrid, 10 de la mañana. Te esperamos.

Boletín Salem

Una tienda y un altar
«Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido. Luego se pasó de allí a un monte al oriente de Betel, y plantó su tienda, teniendo a Betel al occidente y Hai al oriente; y edificó allí altar a Jehová, e invocó el nombre de Jehová» (Génesis 12:7-8).

Si tuviéramos que describir a Abraham y a Sara, podríamos hacerlo de muchas maneras pero, sin duda, hay cuatro palabras que deberíamos usar: tienda, altar, extranjero y peregrino.

Procuro no olvidarlas porque son seña de identidad de aquellos que buscan una patria celestial, mucho mejor que la que nos ofrece este mundo.

¿Estimado hermano, anhelas llegar a la ciudad celestial que Dios ha preparado para los que le aman? ¿Sueñas cada día con ello? Entonces, Dios no se avergüenza de ti. Eso dice el autor de Hebreos (11:9-16).

La vida de Abraham y Sara estuvo llena de desafíos. Dios les dio una gran promesa. Aceptarla suponía no disponer de un lugar fijo de residencia. Por amor a Dios, se convirtieron en nómadas y peregrinos dispuestos a dejar atrás su cultura, su familia, su círculo de amistades. También aquellos lugares más representativos para ellos. Ninguno de los dos regresaría al lugar de su infancia, ni donde se conocieron por primera vez. Abraham y Sara aceptaron cargar con una tienda portátil para el resto de su vida, y así se convirtieron en peregrinos.

Sin embargo, no iban sin rumbo. Dios les guiaba a una tierra que había preparado para su descendencia. Así que, no solo serían peregrinos sino también extranjeros.

Muchos matrimonios no soportarían hoy en día la presión de las pruebas que esta anciana pareja enfrentó. De hecho, ellos tampoco lo habrían logrado si no fuera por su relación íntima con Dios. Esta familia no deambulaba de aquí para allá sin rumbo. Había un norte claro, una meta y ésta venía marcada por el Creador del universo. Abraham no montaba su tienda donde le parecía mejor sino donde Dios le mostraba. Estos nómadas de avanzada edad habían consagrado su vida a Dios, y el altar era tan importante como el lugar donde comían y dormían. Allí donde Abraham llegaba, construía un altar. Él fue un hombre de altar. No importaba donde residiera, el corazón de esta familia se encontraba rendido al Señor.

La vida de Sara y Abraham me reta a salir de mi comodidad. Me ayuda a recordar mi verdadera identidad: un extranjero peregrino que se dirige a la ciudad celestial.

Me consuela saber que el mismo Dios que se reveló a esta familia, también lo ha hecho conmigo a través de Jesús, su Hijo. ¿No es maravilloso? El Rey de reyes nos convierte al mismo tiempo en tiendas portátiles que son templo del Espíritu Santo. Nuestra vida ya no es nuestra sino suya. Somos altares encendidos que dan gloria a Dios.

Él nos dirige de aquí para allá rumbo a la ciudad celestial, mientras cada día le presentamos nuestra vida en sacrificio vivo y agradable como culto racional. Dios no lo necesita, pero nosotros sí.

Mantenernos firmes para avanzar en fe requiere de la comunión íntima con Dios. Observa la exhortación del apóstol Pedro: «Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma» (1ª Pedro 2:11).

¿Cuáles son las pruebas que enfrentas ahora mismo? ¿De qué manera estas cuatro palabras (tienda, altar, peregrino y extranjero) te ayudan a cambiar la perspectiva? Recuerda el ejemplo de Sara y Abraham; también, que Dios no se avergonzará de ti si pones tu mirada en la ciudad celestial. Sigamos avanzando y ayudémonos mientras servimos a los demás. La meta está cada vez más cerca, ¿puedes verla?

fransanchezg.wordpress.com

No importa cuánto brille el sol en nuestras vidas o cuán poderosos nos sintamos, el versículo 1 enfatiza: “hijos de los poderosos, tributad a Jehová, dadle gloria”.

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