Discipulado

Volveremos en septiembre con un nuevo ciclo de enseñanzas.

Membresía

Volvemos el 1 de septiembre con un nuevo ciclo de enseñanzas para adquirir la membresía de nuestra iglesia.

Ayuno y Oración

Nos volvemos a ver el sábado 6 de julio. A las 10 de la mañana en la sala Madrid.
Estáis todos invitados.

Boletín Salem

¿Qué hare, Señor?
«Y dije: ¿Qué haré, Señor? Y el Señor me dijo: Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas». Hechos 22:10
Este hermoso pasaje de Hechos muestra dos de las más importantes etapas por las que toda persona debería pasar: la salvación y la obediencia. Antes de tener un encuentro directo con la autoridad divina, Saulo era un enérgico perseguidor de la iglesia. El mismo Jesús, así lo dejó claro cuando se presentó ante él: «...Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Hechos 22:7.

Todos aquellos que persiguen a la Iglesia atentan contra el cuerpo de Cristo. Él, como cabeza del mismo, es la máxima autoridad. Así que Jesús manifiesta su autoridad e interroga a Pablo como un día nos preguntó a nosotros: “¿por qué me persigues?”.

Cuando uno tiene un encuentro directo con Jesús no puede seguir adelante su camino como si no hubiera pasado nada. De alguna manera, Jesús, a través de su autoridad divina, desarticula, desarma e invalida aquello en lo que nos apoyábamos y, al igual que Pablo, caemos al suelo. Jesús está arriba, nosotros abajo. Él tiene todo el poder, nosotros ninguno. Él posee absolutamente todo el conocimiento, nosotros no. No hay argumentos que se puedan levantar contra el mismo, ni aún con la mirada le podemos desafiar. Él nos ha desarmado tan solo presentándose delante de nosotros.

Saulo respondió de manera contradictoria: “¿quién eres, Señor?”; por una parte, ¿quién eres? Pero al mismo tiempo declarando quién era aquel que se le había presentado: el Señor. Es imposible negar quién es Cristo cuando su autoridad se manifiesta. Nuestro rebelde corazón luchará hasta el último se gundo: “¿quién eres?”; pero la respuesta será instantánea: ¿Señor? Cristo, en su infinita paciencia, responde: “Yo soy Jesús de Nazaret a quien tú persigues”. Este es el primero de los dos grandes en cuentros que todo ser humano debiera enfrentar: un cara a cara con Jesús de Nazaret, el Mesías, el salvador del mundo. Dios está interesado en nuestra salvación.

Algunos creyentes pueden recordar con cierta añoranza cómo fue ese momento en el que se arrepintieron de sus pecados al reconocer a Jesús como su salvador personal. Sin embargo, han olvidado que Cristo es el Señor de sus vidas, es decir, que Jesús también quiere gobernar su día a día. Pablo lo tuvo claro, lo siguiente que preguntó fue: ¿qué haré, Señor?

Dios se complace en que seamos salvos, pero no todo acaba ahí. Él está interesado en que nos sometamos a su preciosa voluntad a través de la obediencia continua. El Señor fue concreto con Pablo: “Levántate y vete a Damasco”. Pablo tenía sus propios planes y pensamientos hasta que se encontró con Jesús. A partir de entonces, su mayor celo fue puesto a los pies del Maestro. Sus parámetros cambiaron, comprendió que lejos de servir a Dios estaba atentando contra el mismo. Entendió cuán lejos había estado de la perfecta voluntad del Padre. Nuestro Padre celestial es quien debe dictarnos lo que debemos hacer: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre”. Él es el único que tiene el derecho a gobernar nuestra vida: “hágase tu voluntad… porque tuyo es el poder, el reino y la gloria”.

Al igual que Pablo, nosotros debemos estar expectantes a la voz de Dios, a su voluntad: ¿qué haré, Señor? Sin importar el ámbito en el que nos encontremos, él dispondrá para nosotros su deseo, su perfecta voluntad.

Ananías, un hombre desconocido para Pablo, fue el instrumento que Dios usó para mostrarle el siguiente paso. Ananías estaba bajo autoridad. No en vano, la Palabra lo describe como “varón piadoso… tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban”. Él mismo se dirigió a Saulo como “hermano”. ¿No es increíble? Aunque Pablo no gozaba del testimonio de Ananías, este discípulo tuvo una revelación de parte de Dios y eso fue suficiente para ponerse en marcha y obedecer: «Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor» (Hechos 9:10). Desde ese momento, el perseguidor Pablo se convirtió en hermano para Ananías.

Ananías reconocía la autoridad de Dios. Esta no admite otra respuesta que “Heme aquí”. Todos necesitamos este encuentro diario con esta autoridad divina. De camino al trabajo, en casa, o mientras descansamos, en cualquier lugar o circunstancia, nuestra respuesta debería ser “heme aquí, Señor”. Cuando actuamos así estamos en la disposición correcta para recordar a otros el llamado de Dios sobre su vida: «Y él dijo: el Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo, y oigas la voz de su boca» (Hechos 22:14)

Es necesario que conozcamos su voluntad, veamos al Justo y oigamos la voz de su boca. Toda persona salva, ha recibido a Cristo como su salvador, pero también conoce su voluntad, oye la voz de su boca y se mantiene firme como viendo al invisible.

Estimado hermano, en medio de una sociedad que da la espalda a Dios viviendo de manera anárquica, los cristianos nos posicionamos no solo como personas salvas sino también obedientes al deseo de Jesús. ¿Qué quiere él hoy para ti y para mi? ¿Y mañana? Levantémonos cada día presentándonos ante el Señor con un corazón rendido a su autoridad y preguntémosle, al igual que Pablo, “Señor, ¿qué quieres que haga?”.

fransanchezg.wordpress.com


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