Discipulado

7 de abril: Hebreos
14 de abril: Santiago.
28 de abril: 1ª y 2ª de Pedro.


Sala Madrid, 10 de la mañana.
Estáis todos invitados.

Ayuno y Oración

Nos volvemos a ver el sábado 4 de mayo. A las 10 de la mañana en la sala Madrid.
Estáis todos invitados.

Compañerismo

El domingo 21 de abril te invitamos a compartir un tiempo juntos para recordar el día que Jesús resucitó de los muertos para completar su obra de amor para salvarnos.Será un tiempo para compartir, te animamos a invitar a otras personas que no se sean de tú círculo cercano, para que también se puedan sentir en familia.

Sala León de 9,30 a 11 h.

Boletín Salem

Dos reyes muy distintos
«y el efecto de la justicia será paz; y la labor de la justicia, reposo y seguridad para siempre». Isaías 32:17
Es relativamente fácil recitar las promesas de Dios, pero es difícil vivir conforme a las mismas porque requieren más de la fe que del conocimiento. El padre de la fe, Abraham, demostró ser una persona que intentaba vivir conforme a las promesas de Dios.

Nada más separarse Lot de Abraham, Dios le promete a este que le dará la tierra de Canaán y no solo eso sino que también multiplicará su descendencia. La bendición estaba asegurada, sin embargo, este mensaje esperanzador contrasta con el que viene unos versículos después: Lot es secuestrado y Abraham tiene que acudir en su ayuda, enfrentándose así a varios reyes.

Abraham aprendió una gran lección cuando cometió el error de descender a Egipto en busca de seguridad y alimentos. Ahora, tendría una nueva oportunidad para dar testimonio de su fe.

Tras rescatar a Lot y recuperar sus bienes, dos reyes le salieron al encuentro: el rey de Salem, Melquisedec, y el rey de Sodoma. El primero no le reclamó nada sino que “le sacó pan y vino y le bendijo”. Abraham le entregó voluntariamente el diezmo de todo. El rey de Sodoma, por el contrario, le exigió a Abraham las personas. Él no estaba interesado en los bienes sino en la gente por lo que le dijo a Abraham que se podía quedar con el botín. El padre de la fe ofrece una respuesta que es fácil de decir pero difícil de cumplir. Aunque legalmente Abraham se podía apropiar de esos bienes, moralmente él había decidido vivir bajo el amparo y la provisión de la promesa de Dios. Los sobornos del mundo no le harían cambiar de parecer. Estimado hermano, como bien afirma Wiersbie, “muchas cosas en este mundo son legales en lo que respecta a los tribunales, pero son moralmente incorrectas en lo que respecta al pueblo de Dios”. Abraham decidió guiarse por una justicia superior a la humana, la palabra de Dios. ¿Acaso no podemos nosotros elegir lo mismo? ¿Está lejos de nuestro alcance? La Biblia sigue siendo relevante.

Melquisedec es rey de justicia y, por lo tanto, de paz. Solo mediante la justicia puede haber verdadera paz. Jesús nos ofrece una paz que el mundo no puede dar porque su justicia es perfecta.

Melquisedec ofreció pan y vino a Abraham para que recuperase fuerzas. ¿Acaso no se ha ofrecido Jesucristo como nuestro pan y nuestro vino? Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece. Somos fuertes no porque no enfrentemos pruebas y conflictos sino porque vivimos según las promesas de Dios. Nuestra fortaleza no viene de nosotros mismos, ni de nuestra sabiduría, conocimiento o salud; nuestra vitalidad viene del Señor, quien salió a nuestro encuentro.

Melquisedec bendijo a Abraham no conforme a sus virtudes sino por las obras que Dios mismo realizó a través de él: «y le bendijo, diciendo: bendito sea Abraham del Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano. Y le dio Abraham los diezmos de todo» (Génesis 14:19-20). Después de una gran victoria puede llegar una gran caída si no damos la gloria a quien le pertenece. Abraham era consciente de que el mismo Dios que le había prometido a Canaán y una gran descendencia era el mismo que le había otorgado esta victoria: «Y respondió Abraham al rey de Sodoma: He alzado mi mano a Jehová Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta una correa de calzado, nada tomaré de todo lo que es tuyo, para que no digas: Yo enriquecí a Abraham» (Génesis 14:22-23).

¿Estimado hermano, cuál es nuestro mayor botín? No lo son las riquezas de este mundo, ni la fama o el reconocimiento. Tampoco el ministerio. Nuestro mayor botín es la Palabra de Dios porque en ella están escritas todas las promesas de Dios para nuestra vida. ¿No es maravilloso? Nos saldrá al encuentro “el rey de Sodoma” para enredarnos con los negocios del mundo, pero también estará “el rey de Salem” para darnos la paz, la justicia, el reposo y la seguridad que necesitamos para siempre. ¡Aleluya! Cada uno elegimos a qué rey servimos.


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Culto de celebración

Todos los domingos, en la calle Cidro, 8 (Madrid), a las 11:30.

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